jueves, 6 de agosto de 2009

El turismo es un deporte de riesgo


La práctica del turismo es una de las pocas actividades a las que el ser humano se lanza sin ningún tipo de aprendizaje previo y contraviniendo todas las normas de supervivencia. Pese a que nadie pilotaría un ultraligero sin conocer su funcionamiento ni solicitaría la carta en un restaurante de moda sin llevar encima la visa oro, cuando llegan las vacaciones nos disponemos a la aventura sin estudiar siquiera el dialecto del sector.
A un servidor le ha costado años alcanzar un nivel de léxico suficiente como para saber que lo que te espera al llegar a tu destino no siempre coincide con lo que cabría esperar. Por ejemplo, es el caso de aquellos hoteles en los que ante el mostrador de recepción lo único que puedes mostrar es decepción. Lo mismo cabría decir de algunos restaurantes playeros que a fuerza de dejadez han transmutado la cocina en cochina.
Gastronómicamente hablando es del todo necesario saber que un plato de arroz es un plato de arroz, pero que una paella también es un plato de arroz (con cuellos de pollo), y que una paella de marisco, es un plato de arroz con cuellos de pollo y mojojones.
Desconocer el dialecto es pelígrosísimo si la reserva se hace por teléfono: así, ‘‘vistas a la playa’’ puede convertirse en pistas (de tierra) a la playa; ‘‘piso soleado’’, en más solo que la una (playa a 16 kilómetros); y ‘‘apartamento fresquito’’, en un semisótano.
En una ocasión alquilé «casa de pescador junto al mar». Se inundaba cuando subía la marea pero las pizzas te las traían con moto de agua. Fue genial.
Josetxu Rodríguez

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