La práctica del turismo es una de las pocas actividades a las que el ser humano se lanza sin ningún tipo de aprendizaje previo y contraviniendo todas las normas de supervivencia. Pese a que nadie pilotaría un ultraligero sin conocer su funcionamiento ni solicitaría la carta en un restaurante de moda sin llevar encima la visa oro, cuando llegan las vacaciones nos disponemos a la aventura sin estudiar siquiera el dialecto del sector.
A un servidor le ha costado años alcanzar un nivel de léxico suficiente como para saber que lo que te espera al llegar a tu destino no siempre coincide con lo que cabría esperar. Por ejemplo, es el caso de aquellos hoteles en los que ante el mostrador de recepción lo único que puedes mostrar es decepción. Lo mismo cabría decir de algunos restaurantes playeros que a fuerza de dejadez han transmutado la cocina en cochina.
Gastronómicamente hablando es del todo necesario saber que un plato de arroz es un plato de arroz, pero que una paella también es un plato de arroz (con cuellos de pollo), y que una paella de marisco, es un plato de arroz con cuellos de pollo y mojojones.
Desconocer el dialecto es pelígrosísimo si la reserva se hace por teléfono: así, ‘‘vistas a la playa’’ puede convertirse en pistas (de tierra) a la playa; ‘‘piso soleado’’, en más solo que la una (playa a 16 kilómetros); y ‘‘apartamento fresquito’’, en un semisótano.
En una ocasión alquilé «casa de pescador junto al mar». Se inundaba cuando subía la marea pero las pizzas te las traían con moto de agua. Fue genial.
Josetxu Rodríguez

Eneko
No penséis mal, que está leyendo las instrucciones...
Pedro Molina
Caza mogollón de ratones el muy jodío.
Pincha en la foto si quieres ver mi álbum "Ikimilikili ¡click!" ERA una puesta de sol espléndida, como las de antes de la crisis, cuando todos éramos más jóvenes y optimistas y vivíamos con el desenfreno de quien se va a morir mañana. Un enorme disco rojo se hacía jirones en el bosque de grúas del superpuerto bilbaino, mientras los molinos de viento le hacían señas para que se alejara de allí.
Permanecí un rato observándolo y decidí que aquel espectáculo, cuya banda sonora hasta el momento se reducía al runrún de la máquina de un gigantesco mercante y al grito de las gaviotas, se merecía algo mejor. Me coloqué los auriculares del mp4 y segundos después la voz húngara de Marta Sebestyen lo inundó todo.
Esto no puedo disfrutarlo solo, pensé, tengo que mostrárselo a mis amigos. Saqué la cámara digital del bolsillo y realicé una buena serie de fotografías desde diversos ángulos. Las recorté un poco con el editor de imágenes y extraje la microtarjeta para meterla en el móvil y poder enviarlas por correo electrónico.
Estaba a punto de hacerlo, cuando me di cuenta de que no era una buena idea, ya que podría haber filmado un vídeo con el móvil y subirlo a Youtube. Así, posteriormente, podría entrar en mi cuenta de tweeter y desde allí lanzar el vídeo a Facebook, donde los colegas quedarían alucinados con el espectáculo que estaba antes mis ojos.
Volví a sacar la microtarjeta de la cámara digital que había introducido en el móvil y, una vez reconstruido éste, grabé un minuto de vídeo. Acto seguido y tras ponerle unos subtítulos con el editor digital busqué cobertura 3G (la encontré a 200 metros, entre calles, cerca de una comisaría). Esperé unos minutos a que el vídeo se descargara y di mi tarea por concluida. Regresé lo más deprisa que pude a la magnífica atalaya del superpuerto, pero, desgraciadamente, el sol se había ocultado y sólo unos jirones de niebla lila serpenteaban entre las grúas. Marta Sebestyen ultimó su repertorio y las gaviotas regresaron con sus estridentes graznidos de realidad. ¡Qué suerte, pensé, cuando llegue a casa podré verlo todo en el ordenador!
Josetxu Rodríguez
Enviado por RdeA