miércoles, 14 de enero de 2009


Asier y Javier

Eneko, en "20 minutos"

Historia mínima: el bebé vasco

Un vasco está bebiendo en un bar de Vigo. Recibe una llamada en su móvil. Descuelga, sonríe de oreja a oreja y ordena una ronda de bebidas para todos los parroquianos porque, anuncia, su mujer ha tenido un típico bebé vasco con un peso al nacer de 11 kilos.
Nadie se puede creer que un recién nacido pueda pesar 11 kilos, pero el vasco se encoge de hombros: "Es la media normal en Euskadi. Como os he dicho, mi niño es el típico bebé vasco".
Las felicitaciones le llueven de todos los que están cerca y se oyeron exclamaciones de "!GUAU¡". Incluso una mujer se desmayó por dolores empáticos.
Dos semanas más tarde el vasco vuelve al bar. El camarero le dice: "Usted es el padre del típico bebé vasco que peso 11 kilos al nacer, ¿No?. Todo el mundo ha estado haciendo apuestas sobre cómo sería de grande en dos semanas. Le íbamos a llamar... Así que, díganos cuanto pesa ahora".
El orgulloso padre responde: "9 kilos".
El camarero está confuso y preocupado: "¿Qué ha sucedido?. El bebé ya pesaba 11 kilos el día que nació".
El padre vasco se toma pausadamente su botella de Keller, se seca los labios con la manga, se cala la txapela, se inclina hacia el camarero y orgullosamente le dice: "Le hemos hecho la f
imosis"

martes, 13 de enero de 2009

Ibarretxe impone su propia ley

Ha vuelto a salirse con la suya. Ibarretxe es la letxe. (Rodríguez y Ripa)

Defensa jurídica de Nicola Lococo: qué quiso decir cuando dijo "mequetrefe, cuchipanda y trapisonda".

Artículo en el que el "presunto filósofo" Nicola Lococo, vease fotografía a.p. (antes de la permanente), explica por qué a partir de ahora se referirá al monarca como caléndulo de la democracia, cernícalo vespasiano, tronista culiforme de andares, mascachicles y rascachapas. Todo ello, sin ánimo de ofender más de lo debido.

"Quien se hace llamar Javier Zaragoza y dice ser Fiscal General de la Audiencia Nacional, me interpuso una querella por injurias graves al Rey, basándose en que en un artículo mío titulado "Las tribulaciones del oso Yogui", usé expresiones que vulneran el honor y la imagen pública de la Suya Majestad, el Rey de España. Como quiera que el asunto haya trascendido a la plaza pública, donde me hallo sometido al escarnio de la plebe, atrapado indefenso en el cepo mediático, me veo obligado a escribir éste pliego de defensa para que el respetable pueda juzgar por sí mismo con conocimiento de causa.

Entre otras muchas cosas, se me acusa de llamar Mequetrefe al monarca español, cosa terrible e inaudita por estos lares, donde incluso en el Parlamento, el jefe de la oposición puede permitirse decirle al Presidente del gobierno, que es un bobo solemne.

A palo seco, en su denotación, el término Mequetrefe, la RAE, en su vigésima segunda edición lo define como: (Quizá del ár. hisp. *qatrás, el de andares ufanos). 1. m. coloq. Hombre entremetido, bullicioso y de poco provecho. Sin embargo, mi intención en el uso de la palabra Mequetrefe no fue escoger un significado concreto sino un sentido, una connotación que emana en el espíritu lingüístico de la comunidad castellanoparlante, en un impresionismo colorista con el que ésta palabra tensa los distintos resortes y acordes de nuestro acerbo cervantino y cuya sonoridad multiplica las gracias y dones de todo un artículo escrito en el tono pícaro propio del personaje a la sazón, el Oso Yogui, realidad ésta del lenguaje, que explican muy bien grandes lingüistas como Lázaro Carreter, en su magnífica obra El dardo en la palabra, o la no menos célebre El genio de la lengua de Alex Grijelmo.

Mas la Audiencia Nacional, con el Fiscal jefe a la cabeza, amparado ahora por un triunvirato de jueces de la talla de Guillermo Ruiz de Polanco, aprecian en tan pueriles e inocentes palabras como mequetrefe, Trapisonda y Cuchipanda, motivo de injurias graves al Rey de España, que lesionan su honor, su imagen y autoestima. De haber querido yo injuriar, siquiera insultar a Don Juan Carlos, no me hubiera tomado tanto trabajo ni le hubiera puesto tanto arte a la hora de acometer empresa tan sencilla: me hubiera bastado acudir al amplio repertorio de insultos que nutren nuestra lengua para referirme a su persona, como cabrón, canalla, hijo de puta, ladrón, o perífrasis ciertamente injuriosas, como el mayor evasor de impuestos, capo de la mayor mafia empresarial, el mayor extorsionador de la democracia, golpista en la sombra, que ciertamente son constitutivas de delito y merecen pedir años de cárcel, como ahora me sucede al decir vocablos propios del tebeo.

El párrafo donde aparece el término Mequetrefe, es el siguiente “(...) no estaría de más, que se diera la voz de alarma a los ositos de peluche, incluidos, los de Froilán y toda la cuchipanda, todo sea que el mequetrefe de su abuelo, despechado por no encontrar ejemplares en la fauna, la emprenda a tiro limpio con ellos”. Como se puede apreciar, he utilizado la expresión de “Mequetrefe” de un modo circunstancial e hipotético, que rebaja y mucho el sentido y significado de la palabra en cuestión. No me hace falta recurrir a grandes lingüistas, como Dámaso Alonso, Alarcos Llorac o Rico, para defender mi posición. Me basta la personal percepción de todos ustedes en este asunto, pero por si acaso, déjenme que les ilustre al respecto - para evitar en lo posible que se aprecie recochineo y saña en el asunto he sustituido en los ejemplos la figura de Don Juan Carlos, por la de Don Fulano... En todo lenguaje, en su estructura profunda que diría Chomsky, aparecen tres niveles: el nivel sustantivo, el nivel adjetivo y el nivel circunstancial.

En el nivel adjetivo, la palabra puede aparecer como atributo cuando el verbo – que no el sujeto- es copulativo en cuyo caso median notables diferencias entre el Ser, y el Estar, referida a un nombre que la adquiere como propia, para todo tiempo, lugar y condición, de manera cuasinatural; en la frase Don Fulano es un mequetrefe, se observa claramente que el hablante llama mequetrefe al sujeto Don Fulano. En éste caso, jurídicamente sí sería oportuno basar la defensa, en si el sujeto es o no un mequetrefe, y si el hablante al expresarse lo ha hecho con verdad y rigor, dependiendo de ello la sentencia. Aunque cuando como se me ha ilustrado últimamente, en nuestro estado de derecho, también sea punible decirle a una puta “puta”, si la misma no alardea de su condición en público y lo lleva en secreto.

En el nivel sustantivo, la palabra lo destaca e identifica de tal modo que en él se reconoce el sujeto e incluso cuando no aparece. En la frase El mequetrefe entró en el Parlamento, en principio nadie tendría que saber a quién se refiere la frase. Cuando todos sabemos a quién remite el hablante cuando realiza éste enunciado, sucede entonces que estamos en un nivel sustantivo del lenguaje, máxime cuando quien aparece en el Parlamento acto seguido, es el propio Don Fulano. Aquí el asunto ya es un poco más escurridizo y la defensa lo tiene más fácil, pues es difícil de probar que la palabra mequetrefe por sí misma, sustituya al nombre de Don Fulano, mientras tal hecho no venga reflejado en el Diccionario oficial de la RAE, o en su defecto, en los manuales de sinónimos y antónimos que hay al uso. Que la gente tenga claro quién es el mequetrefe en nuestro país, es problema de la comunidad y de los arquetipos mentales que rigen nuestra existencia psíquica como colectivo, y no pueden ser circunscritos a la capacidad expresiva de uno solo de los individuos que participan de la lengua.

Por último, el nivel circunstancial, que es precisamente en el que yo he empleado la palabra, el término que aparece modifica sustancialmente su significado poniéndose al servicio de la circunstancia del contexto y muy vulnerable a la interpretación. En la oración El mequetrefe de Don fulano, metió los dedos en el enchufe, queda muy claro que el término acompañado del artículo, le es adjudicado única y exclusivamente, por haber metido los dedos en el enchufe, de modo que por parte del hablante, no hay una intención de atribuirle una cualidad o de complementarle sus significado como en los casos anteriores. Sino más bien, explicar que en dicha situación, en la referida circunstancia, ajeno a otro tiempo y lugar, esa persona tiene un comportamiento semejante, en este caso, el de mequetrefe. Como se puede observar, yo, en el párrafo antedicho, he usado la expresión de éste modo. Es más, no solamente he usado el término mequetrefe, de forma circunstancial, sino en grado hipotético, dado que lo hago aparecer si y solo si, fuera el caso de que la emprendiera a tiros con ellos. Por consiguiente queda evidenciado que no he llamado mequetrefe a nadie.

Esta clase de lengua es parte de la defensa que empleé ante el Juez Grande Marlaska, y de la que me pienso valer en el juicio. Como lo haré con la clase de historia que se hace eco de la hipótesis merovingia y la usurpación del poder por parte de Pipino El Breve en donde se relata con todo lujo de detalles el legítimo derecho divino osezno a ocupar los tronos de las monarquías europeas, oscura motivación oculta que puede estar detrás del tan turbio asunto Mitrofan... y de la que les doy noticia en mi libro La Sagrada Familia. Ahora, solo me resta hacer una pequeña reflexión:

Si usar palabras como mequetrefe, trapisonda, cuchipanda y semejantes, son objeto de querella por injurias graves al rey, redactadas por un fiscal jefe, nada más y nada menos que ante la Audiencia Nacional, donde se supone se juzgan los delitos más graves habidos y por haber en nuestra sociedad libre y democrática, a éste indocumentado peatón del siglo XXI, no le quedará otra que, bien apostar por el insulto más grosero, dado que las consecuencias son parejas en pena de cárcel y multa, bien recurrir en adelante, a fórmulas imaginativas que por escaparse en el sendero de lo absurdo a toda referencia semántica, al estilo Ozores, lo digan todo sin decir nada, de modo que a partir de ahora, deba encriptar todas mis referencias al monarca, con palabras como Caléndulo de la Democracia, Cernícalo Vespasiano, Tronista culiforme de sus andares, mascachicles, rascachapas, y demás lindezas, para que no tengan por dónde cogerme... eso, o apostamos fuerte por la floristería a domicilio, pues como dijera Nuestro Señor Jesucristo durante su entrada triunfal a Jerusalén a los fariseos que le pedian silenciar a las masas que le aclamaban: En verdad os digo que si se acallan las voces, hablarán las piedras".

lunes, 12 de enero de 2009

Milisegundos


EL dependiente, un joven al que le quedan un par de años de trabajos forzados para llegar a mileurista, suda tinta. Está intentando explicarle a una señora la diferencia entre dos ordenadores portátiles, uno de ellos 300 euros más caro que el otro porque su procesador es "unos milisegundos más rápido". ¿Y mi hijo notará la diferencia?, pregunta ella, un tanto acongojada. ¡Por supuesto, señora!, dice él con total convicción. Al final, la mujer se lleva el más veloz, y su hijo ahora podrá bajarse de internet películas guarras y los trabajos de la ESO a velocidad de la luz.
No sé cuándo se produjo el cambio, pero hoy en día todo aquello que necesita minutos o segundos para funcionar está obsoleto. Hasta el amor, algo que exige sosiego, se hace a todo meter, y perdón por la expresión. En los tiempos que corren, si nos pusieran un timbre en la oreja podríamos circular por el carril moto sin entorpecer la circulación. Y eso no es vivir.

No lo digo yo, lo dice esa gente que ha decidido tomarse la vida con parsimonia y se han agrupado en el movimiento Slow, una corriente que defiende la cultura de la lentitud en toda actividad humana, ya sea comer, trabajar o relacionarse.
Leo su manifiesto y los últimos años de mi vida pasan ante mis ojos como un suspiro. Estoy allí, sentado en la cama de mi hija leyéndole cuentos de un minuto o agrupando varios para ahorrarme tiempo: Blancanieves y los tres enanitos, la cigarra y el cerdito con botas... ¡Qué ridículo!
Pero prometo cambiar, es uno de los propósitos que me he hecho para este comienzo de año. Por ejemplo, este fin de semana he preparado un programa perfecto: ayer fuimos toda la familia caminando a comprar una plancha y hoy domingo haremos en casa comida caliente. Todo un planazo.

jrodriguez@deia.com

El Tribunal Constitucional pasa de ‘El Jueves

Nuestros colegas y sin embargo amigos de "El Jueves" siguen su periplo judicial, ahora camino de Estrasburgo. Hace unos minutos he recibido este correo y les he deseado un feliz viaje. También les he dado el teléfono de Nicola Lococo, por si les sirve de algo, je, je, je:

"¿Recuerdan la “escandalosa” portada de El Jueves en la que aparecían los Príncipes de Asturias en actitud indecorosa? Además del secuestro de la revista, la Audiencia Nacional penalizó con una multa de 3.600 € por barba a Manel Fontdevila y a Guillermo Torres, autores de tan “zafia” ilustración.
Nuestros abogados presentaron en junio un recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional, argumentando que se había cometido un atropello, o más bien un pisoteo, a la libertad de expresión.
La semana pasada recibimos un auto procedente del Tribunal Constitucional. En cuatro escuetas líneas, se desestimaba la admisión a trámite del recurso presentado por El Jueves. Los jueces del alto tribunal aducían, suponemos que aún bajo los efectos de la resaca navideña, que “no se ha probado que el asunto tenga trascendencia constitucional”.
Hablando en plata: el Tribunal considera en el auto emitido que la libertad de expresión no guarda relación alguna con la Constitución. ¡Cágate, lorito! ¿Para qué narices existe entonces el artículo 20 de la propia Constitución? Aunque la justicia española nos tome por el pito del sereno, vamos a seguir luchando por nuestros derechos. Por eso, en los próximos días, presentaremos un nuevo recurso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo.
Avisamos: El que ríe el último ríe mejor".
Iván Lorente, Ediciones El Jueves, S.A

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...