martes, 8 de julio de 2008

Una fábula del siglo XXI

Antxon Vidaurreta Lázaro era un trabajador a la vieja usanza: servicial, discreto y poco exigente con su salario, cualidad especialmente valorada por el abanico de gerentes que habían desfilado por la empresa. Eso sí, tenía una manía: era completamente impermeable a los cambios, ya fueran tecnológicos o de organización. Él tenía su propio librillo y lo seguía a rajatabla. Tanto es así, que aún conservaba su viejo ordenador con la pantalla en blanco y negro, auténtico quebradero de cabeza del servicio técnico, pero que atesoraba en su interior una completa lista personalizada de clientes, proveedores y contactos que en más de una ocasión había demostrado su eficacia cuando el viento de los negocios no soplaba con la suficiente fuerza.

Los jefes de Antxon, tan chapados a la antigua como él, también renegaban de las nuevas estrategias que aconsejaban jornadas intensivas, conciliación familiar y, sobre todo, buscar la eficacia por encima de la permanencia en el puesto de trabajo. Estaban acostumbrados al cafelito, las largas comidas de empresa con mus y carajillo, y a las reuniones de última hora. Su misión era que todas las sillas estuvieran ocupadas a las ocho de la mañana y también a las ocho de la tarde, por supuesto, con el mismo culo. Por eso valoraban tanto la actitud de Antxon, a quien nadie veía llegar ni marcharse. Ya fuera invierno o verano, él siempre estaba en la pecera del rincón, tecleando con un dedo en su viejo ordenador y sacando punta a los lápices. Allí le encontraron el día en que decidieron prejubilarle y entregarle un MP4 en reconocimiento a sus 40 años de dedicación. Llevaba varios días muerto parapetado tras la pantalla. A la tumba se llevó las claves de acceso a las cuentas de la "caja b". ¡Qué cabrón!


Josetxu Rodríguez

1 comentario :

Anónimo dijo...

Es cierto, creo que lo leí en su día. Puede que no sea cierto, pero con las 65 horas cada vez es más verosímil.
Salud2

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